Miedo

Mabel tiene miedo. No sólo por ella sino también por su hija. Por suerte es una mujer lo suficientemente fuerte y valiente como para cargar con el miedo de las dos. Pero dijo basta. Ya no lo soporta más.

Mabel no le tiene miedo a un “macho” desbocado que vuelve a casa. Ya no le tiene miedo a que una inundación o una lluvia barra con todo lo que ella llama “sus cositas”. Ella le tiene terror a la inseguridad.

Por desgracia, Mabel no vive en un barrio paquete de Capital, ni siquiera en alguno más o menos acomodado del conurbano. Mabel vive en un barrio que casi no existe en Google Maps, donde tener agua corriente es un lujo y tener luz depende de si tenés o no para pagarle al que sabe electricidad y puede engancharte al cable donde están enganchados todos. Mabel vive en un barrio donde no entran ambulancias, patrulleros y la basura la juntan vecinos con carros tirados por caballos a cambio de unos pesos. Mabel vive en un barrio donde el asfalto tampoco llegó y la Municipalidad va sólo cuando necesita los votitos de los vecinos. Si Mabel viviera en otro lado, su reclamo sería, al menos, oído. Pero no. Le tocó vivir en un barrio que tampoco existe en las noticias.

Al lado de la casa de Mabel instalaron hace poco una cocina de paco. Todo el mundo lo sabe y nadie hace nada. Ni siquiera los que deberían hacer algo. Mabel tiene miedo porque ya se le metieron en el fondo de su casa y le sacaron varias cosas. Esta decidida. Sabe que si alguien se quiere pasar de vivo con ella o con su nena, lo quema. “Así de simple”, como le gusta decir a ella.

Mabel tiene miedo y se tiene que ir de su casa. Ojalá el nuevo destino la encuentre en un lugar donde, si tiene miedo a la inseguridad, alguien le de un poco de pelota. Acá ya la abandonaron mucho.

(Ir)realidad

¿Entendés que no se entiende?

Que lo que es no puede ser.

Que en la calle no se puede dormir.

Que el frío no debe ser para sufrir.

Que la lluvia es para regar,

Pero mil terrenos se vuelven a inundar.

Que nos vivimos quejando de que falta amor.

Y no somos capaces de acompañar en el dolor.

Que a la tristeza le ganamos con alegría.

Y a la soledad con empatía.

Que aunque parezca que se cortaron los lazos, aún hay quien prefiere un par de tus abrazos.

No quiero más

No quiero más temblar como una hoja cuando veo el pronóstico del tiempo y augura lluvias interminables.

No quiero más aguantarme las lágrimas de la rabia cuando escucho que no para de caer agua y que miles de familias están debatiéndose entre irse a un lugar más seguro y no abandonar sus cosas para que no se las roben.

No quiero más pensar que no hay otra solución. Que la historia está condenada a repetirse año tras año. Siempre para la misma fecha.

No quiero más caminar por las calles húmedas de mi barrio cuando otros caminan con el agua por la cintura.

No quiero más solidaridad de ocasión. No quiero más gente necesitando sólo cuando sale en la tele.

No quiero más oídos sordos. No quiero más ojos ciegos. No quiero más manos tiesas. No quiero más corazones quietos.

Imaginate que si yo, que tengo asfalto en la puerta de casa, donde sólo entra el agua por las canillas, no quiero más esto, como estarán las miles de familias que en este momento están luchando, una vez más, contra las inundaciones.

No queramos más esto.

Hasta la próxima carcajada

Hoy me levanté pensando en vos. Dos días buscando noticias tuyas debe haber sido un buen motivo. Me acordé de esa vez que pasaste temprano por la estación de Ramos porque ibas a la facultad a buscar una nota. Que después nos encontramos en el mismo bondi, yendo para el barrio, y vos con tu sonrisa gigante, que no te entraba en la cara, por otra materia aprobada. Y vos pensabas que Ramos te había traído suerte.

Cada vez que hablo de vos siento tu risa resonar adentro de mi cabeza. Fuerte. Una carcajada de esas que te dejan sin aire. Muy contagiosa. Del video del bombero prendiéndose fuego. De los videos de caídas y de golpes absurdos. De reírnos de todo y por cualquier cosa.

Va a ser difícil acostumbrarse a entender que no estás donde deberías. Siempre te voy a llevar conmigo, Tami. Sos un verdadero ejemplo de entrega, lucha y coraje. Y como te dije el día de tu cumpleaños, hay gente que merece ser celebrada todos los días de todos los meses de todos los años de todas las vidas.

Gracias por la magia! Nos vemos pronto!

¡Chau!

Últimas horas de un año raro. Con muchas novedades buenas y otras no tanto. Con mucha gente nueva, que me emociona haber podido conocer y con mucha gente “vieja”, que me enaltece que sigan siendo parte tan importante de mi vida.

Se viene un año lleno de desafíos, promesas y sueños y ya es hora de renovar los votos. Ojalá el 2016 nos encuentre unidos y celebrando. Con más dicha que tristeza. Y si tiene que haber tristeza, que nos encuentre más juntos todavía.

Esta noche, cuando me toque levantar la copa, voy a querer pensar en todos los que estuvieron en este año junto a mi y mucho más en los que no pudieron. Voy a celebrar todos sus triunfos y a recodar todos los tropiezos.
El 2016 va a ser un año diferente. De nosotros depende que se multiplique la alegría y se divida la tristeza. El tiempo dirá si estuvimos a la altura de las circunstancias.

¡Feliz año viejo! ¡Feliz año nuevo!

Volver al futuro II

Viajando a lo que ya fue, comprendemos sin esfuerzo y contemplamos claramente errores que, es cierto, ya no podemos ni podremos corregir. Pero al menos accedemos al premio consuelo o al desconsolador castigo de saber exactamente como lo habríamos hecho mejor, cómo habría cambiado para bien los resultados de haber podido alterar ciertos factores o tomado otras decisiones. De ahí que sean muchos los que, antes de hacer uso y, tal vez, volverse adictos a la poderosa droga del pasado, optan por otra droga: la del olvido.

Rodrigo Fresán